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sábado, 24 de mayo de 2008

Enseñar desde las montañas de La Azulita









Por: Nilsa Gulfo
Fotos. Armando Sánchez


La historia de cómo la escritora Miriam Heller llegó a las montañas de La Azulita está llena de muchos puntos de coincidencia. Ella está convencida de eso. Por ello lo cuenta como la mejor manera de demostrar que su destino la guiaría, tarde o temprano, a una de las zonas más exuberantes de Mérida.
De La Azulita no sabía mucho. Hasta hace más o menos cinco años cuando, estando alojada en un hotel de la ciudad de Mérida se interesó por una lámpara que, ubicada en una esquina, le guiñó el ojo. Era hermosa-dijo- tan hermosa que pregunté por la persona que las fabricaba. Como era de esperarse, esa persona vivía en La Azulita, pero no en cualquier parte. Vivía en la mítica montaña de San Luis, a veinte minutos del pueblo. Como si se tratará de un enamorado persiguiendo a su amada, se fue junto a su esposo, a buscar al autor de la obra.
Por esos días ellos se habían planteado alejarse del bullicio caraqueño. Ya sus hijos estaban todos casados y ellos gozaban de sus jubilaciones como profesores universitarios. Habían oído hablar de fincas en el Páramo, por El Valle y de otros los lados cercanos a la ciudad de Mérida, pero sin una decisión en la mano.
Sin pensarlo mucho llegaron al sitio donde se suponía estaría el artesano que elaboraba las piezas. No encontraron la lámpara, pero si un sitio que los encantó. Bosque Azul es su nombre y hoy lo muestran como un sitio donde sus profesiones como docentes, adquirieron un valor agregado.
Se instalaron allí, tras la cara de admiración de muchos familiares, quienes consideraban al sitio muy retirado de la ciudad. Pero así lo decidieron ellos y así se iba a hacer. Dos años después, ya están formalmente instalados y haciéndose parte de la comunidad de San Luis.
Alguien les dijo que en La Azulita está una chacra de la tierra. Están por creerlo, pues casualmente se han instalado por esa zona grupos muy cercanos a las cuestiones espirituales. El Monasterio de los Monjes Trapenses (ahora mudados para Chiguará), grupos de Reiki Crístico, los arecrisnas, budistas, entre otros. Aún cuando algunos de ellos no funcionan en un cien por ciento, de algún modo les ha interesado como sitio para el encuentro con la espiritualidad.
Pero el bosque azul de Miriam y Enrique tiene su encanto. Verdor por doquier, una hermosa y acogedora casa, un bosque floreado y un riachuelo que atraviesa la finca y que a su paso forma una natural laguna. Además de la casa principal tiene dos amplias cabañas y un salón de conferencias.

Dos propósitos

Miriam Heller Gómez junto a su esposo Enrique Navas decidieron comprar la finca e iniciaron, lo que ellos llaman vida campestre. Empezaron a ver los beneficios de vivir cerca de la naturaleza y sobre todo a interrelacionarse con sus vecinos. Ya son ampliamente conocidos y aseguran haber encontrado una mejor calidad de vida.
Estar en este lugar les permitió plantearse un trabajo desde estas altas montañas. Ambos eran profesores y Miriam venía de un amplia formación sobre nuevos paradigmas en la educación. Al mismo tiempo pertenecía a una fundación de propulsores del Programa para la Formación de Facilitadores y Coaches.
Entonces ¿Por qué no operar desde ese lejano lugar?. Fue entonces cuando le dieron forma a un proyecto llamado Centro para el Desarrollo Integral “Bosque Azul. A la vez hicieron todo lo que estaba a su alcance para seguir como instructores del Coaching, una nueva corriente que trabaja para que cada individuo se de cuenta de las capacidades y potencialidades que tiene.
Miriam Heller habla del centro con gran devoción. Lo describe como un espacio donde están las condiciones optimas para un crecimiento integral en el cual –asegura- cada experiencia de aprendizaje y cada vivencia propicia, de manera armónica, el desarrollo corporal, emocional, cognitivo y espiritual del ser humano. Las instalaciones están hechas para rendirle culto a este principio. Quienes tienen la oportunidad de disfrutarlas se encuentran con paredes de barro, pisos y escaleras de maderas y escalinatas elaboradas con troncos. Además las cabañas cuentan con chimeneas y con un notable confort.
Al igual que Miriam, Enrique Nava sabe describir el ambiente. Asegura sentirse como pez en el agua, pues siempre fue un verdadero admirador del campo. Hoy, además de sembrar, es el autor de la construcción y diseño de las cabañas, haciendo así gala de sus pocos semestres cursados en arquitectura.
Cuando describe al centro los describe como un sitio para brindar paz y armonía, necesario para quienes quieren alejarse del estrés citadino y desean darse la posibilidad de un encuentro auténtico consigo mismo y con el natural entorno. Además de las cabañas se cuenta con un hermoso salón de usos múltiples, equipado para conferencias, talleres, seminarios, retiros y otros eventos.
Hasta ahora empresas y corporaciones, así como grupos particulares, han sido los beneficiados de este paradisíaco lugar. A medida que pasa el tiempo, los interesados en disfrutar de este espacio han ido creciendo, de allí que los dueños de Bosque Azul le han colocado límites a los visitantes pues, como ellos mismos afirman, el centro no está concebido como posada turística, sino como un sitio donde las personas encuentren una paz espiritual y logren deshacerse del estrés.

El Coaching de por estos lados

El coaching, según los conocedores, es una poderosa herramienta de cambio con aplicación personal, laboral, profesional, empresarial, grupal, entre otros. Se define como un proceso mediante el cual el coach, entrenador u orientador, ayuda a una persona, empresa u organización a mejorar su desempeño para que alcance los resultados que desea. Este método fue creado por Thomas Leonard, un experto en tenis de la Universidad Harvard, quien desarrolló un importante trabajo en la década de los setenta en el que planteaba pautas para desbloquear mentalmente a los jugadores y ayudarles a desarrollar su máximo potencial. Luego de probarse en el campo deportivo, sus beneficios se extendieron a disciplinas como la empresarial y luego a la personal. Hoy en día se ha transformado en la corriente del nuevo milenio. Basa su filosofía en tres pilares fundamentales: la Inteligencia espiritual y emocional, el desarrollo del liderazgo y el aprendizaje continuo
Antes de instalarse en esta estancia, Miriam era parte de un grupo pionero en el Coaching en Venezuela. Dictaba talleres junto a un calificado grupo. Lo hacían en importantes empresas, donde asegura se obtenían resultado importantes en el cambio de conducta no sólo de los gerentes sino de los empleados. Ahora en Bosque Azul no sólo dicta los talleres, sino que ofrece los espacios para desarrollarlos. Para ella no hay otro sitio más idóneo para aplicar esta filosofía de vida. La escritora defiende la disciplina y la argumenta con sencillas palabras: “El coaching no es una actividad sin propósito, es una actividad con propósito, donde el otro se compromete a mejorar”



La Miriam educativa

Uno de los anhelos de Miriam Heller es seguir sirviendo desde aquí. No quiere quedarse con todo lo que ha aprendido durante toda su vida. Asegura que su misión en la vida es aprender y enseñar. Ahora tiene la oportunidad de hacerlo.
Muchos de los que conviven con Heller en las montañas de San Luis no saben la trayectoria de esta famosa escritora y psicopedagoga. Esta caraqueña fue ampliamente conocida en la década de los 90 por proponer en el sistema educativo venezolano enfoques didácticos centrados en el desarrollo cognoscitivo y socio-afectivos de los alumnos. Era la época en que se vendía en el país el desarrollo de la inteligencia, a través de un ministerio. De esa propuesta salió un libro titulado “El Arte de Enseñar con todo el Cerebro” del cual salieron varias ediciones. La propuesta no quedó en Venezuela, pues desde ese momento hasta la fecha, a esta educadora le siguen saliendo conferencias y charlas no sólo en el país sino fuera de el. Una segunda publicación reafirmó su compromiso con la educación al lanzar otra propuesta, esta vez relacionada con los procesos de lecto-escritura para hacerlos reflexivos y creativos.
La trayectoria profesional de esta docente incluye una licenciatura en letras en la UCV, una maestría en Planificación Curricular en Estados Unidos donde le permitió conocer sobre la naciente disciplina que hablaba del desarrollo de la inteligencia. Con ese basamento se le propuso, a su regreso, trabajar con un novedoso proyecto llamado Desarrollo de la Inteligencia, que no era otra cosa que aprender a pensar. Esto le dio pie para formarse en el área y acumular conocimientos sobre el tema. Conocimientos estos que hoy día la hacen una de las más conocedoras en el país del tema. Por ello está convencida que la inteligencia si es posible desarrollarla y estimularla, no importa si esa enseñanza viene de una montaña internada en un hermoso pueblo llamado La Azulita. Teléfonos de contacto 0274 6577583- 0416 6 060172- 0416 9 331703

domingo, 4 de mayo de 2008

La otra Jugada de Richard Páez



Tras construirse una imagen de líder deportivo a fuerza de un trabajo exitoso en los terrenos del fútbol, Richard Páez Monzón ha vuelto a tomarle el pulso a la cotidianidad que discurre entre las altas montañas de Mérida. Su hogar, su familia y su trabajo retoman el tiempo de una agenda en la que un abrazo entre hermanos es la jugada que más se celebra.


Por: Nilsa Gulfo

Fotos: Armando Sánchez


El 31 de diciembre de 1953 no fue fácil para Dora Alicia Monzón de Páez. En medio del alboroto que significa despedir el año, le tocó la tarea de parir al cuarto de sus doce hijos: Richard Alfred Páez Monzón.

Con el paso de los años a Doña Dora Alicia la casa se le fue llenando de muchachos, todos varones. Con ese batallón no le quedó otro remedio que asumir las riendas y el control, mientras su esposo Guillermo Enrique Páez trabajaba como Psiquiatra. Allí, en ese hogar se crió Richard Páez, junto al resto de sus hermanos, tratando todos de cumplir el sueño de convertirse en futbolistas.

En nombre de la matrona

Sin duda alguna la figura materna tiene un lugar privilegiado en la vida de los Páez Monzón. Fue la mujer que puso orden y disciplina en el hogar hasta sus último días y quien los apoyó incondicionalmente frente a los avatares de la vida.

Hoy Richard Páez, convertido en figura referencial en el fútbol venezolano, la recuerda como esa madre de un carácter recio, pero llena de amor. La describe como esa pieza fundamental del territorio familiar, el mismo al que defendía cual leona cuando de defender a sus hijos se trataba.

Con un hondo suspiro el líder ex Vinotinto asegura haber comprendido esa actitud. No era fácil- asegura- domar a doce muchachos. “Hubo un tiempo en que vivimos en Maracaibo, pero luego papá se quedó y nosotros regresamos a Mérida. Era una vida medio extraña, pues cada vez que mi papá venía a Mérida dejaba la semillita y se iba a Maracaibo…así hasta que nos convertimos en doce”, explicó

Hoy en día, a casi un año de la partida de Dora Alicia, los doce hermanos siguen reuniéndose en honor a la matrona. De esos encuentros familiares habló Páez como si se tratara de un ritual. Explicó que su madre, fue quien les enseñó a todos los hermanos que cuando se trata de familia debe predominar un principio: “Uno para todos y todos para uno”. Según Páez así se seguirá haciendo.

Con la suerte a favor

El país conoce a Richard Páez en las canchas, en el escenario deportivo y en el furor de un trabajoso día de juego. Lo hemos visto durante los encuentras caminando de un lado a otro como un tigre enjaulado dando indicaciones a los jugadores, celebrando los goles o mover airadamente la cabeza cuando las cosas no marchaban bien en el once nacional. Sin embargo, en la intimidad es un hombre que respira sosiego y tranquilidad. Calmado y de hablar pausado, pero conversador por naturaleza.

Lo encontramos un mediodía en su consultorio de la Clínica Mérida. Allí desde donde hace años cumple su trabajo como traumatólogo. Estaba vestido con otro uniforme, una bata blanca como símbolo de su faceta como médico, especialista en traumatología. Su secretaría afuera trataba de ordenar la lista de sus pacientes.

Al mundo de la medicina llegó por convicción, según dice, pues a la par de su pasión por el fútbol tenía su vocación y era la medicina. Este título lo obtuvo en la Universidad de Los Andes en 1976. La siguiente meta sería una especialización. No dudó en tomar la traumatología como opción y lo logró luego de cursar esos estudios en Argentina.

Con estos grados en la mano entró a trabajar en la Universidad de los Andes, específicamente en el Centro de Asistencia Médico Odontológico de la Universidad de los Andes, de donde se jubiló hace poco menos de un año y desde donde se destacó como uno de los mejores en su campo.

Amor a primera vista

Richard Páez está convencido que el amor a primera vista existe. Lo comprobó ese día cuando, siendo jugador de Estudiantes de Mérida, por allá en los años 70, fijó la mirada en una de las Cheerleader que aupaban a su equipo. Era Lidys Yajanira Gómez de quien dice haber recibido un hechizo que lo llevó al altar en 1973. El hechizo continua, pues hasta ahora ha sido la fanática número uno y su máxima inspiración, según confiesa Richard Páez.

Para este ex deportista el trabajo de conformar una familia no fue tarea fácil. Dificultad para concebir permitieron que la llegada de un sólo hijo se retrazara por muchos años. “cuando prácticamente habíamos perdido las esperanzas de tener familia, Dios nos concedió el milagro de tener un hijo que hoy en día es nuestro mayor orgullo”. Ese milagro tiene actualmente 24 años y se llama Ricardo David Páez Gómez, una de las principales figuras del fútbol nacional. Este hijo único está casado y tiene una hija de cuatro años.

A fuerza de pastelitos

Richard Páez no tiene reparos en confesar que es comelón por naturaleza. “Me gusta mucho la comida merideña, sobre todo los pastelitos. Me como los que me pongan. No tengo esos gustos refinados y no le doy problemas a mi mujer por comida”. Eso es lo que responde Páez cuando se le pregunta por esas preferencias a la hora de sentarse a la mesa.

Lo que si deja claro este famoso personaje es que nunca le ha gustado entrar a la cocina a preparar un plato. Su esposa tampoco lo hace. Esa tarea se la dejaron a una señora que desde hace 13 años los acompaña en las labores domésticas. Para Páez, ella, más que una trabajadora ha sido una compañera que ha estado en las buenas y en las malas. Lo que si asegura es que le gusta visitar los restaurantes de Mérida, donde preparan comida, sobre todo merideña

Cuando habla de un día normal, Richard Páez explica que las mañanas son para las consultas a sus pacientes, en las tardes para el descanso y para acercarse más al acontecer nacional…tema que, según afirma, le preocupa y le ha preocupado más que un partido de La Vinotinto.

Del otro lado de la acera

A estas alturas de su vida Richard Páez Monzón respira con alivio. Las calles de Mérida se han acostumbrado de nuevo a verlo caminar de un lado a otro. Igual que hace unos años cuando su rostro no era tan reconocido como ahora. La gente lo ve y lo saluda como si fuese un amigo que volvió de un largo viaje… de un gran y exitoso viaje.

No puede evitar que los niños le pidan autógrafos y que los padres de éstos le estrechen la mano en señal de apoyo y solidaridad. Ahora para el ex técnico de la selección Nacional de Fútbol, Mérida se ha vuelto, una vez más, cotidiana.

Los merideños, esos que se saben la cartilla del balompié, conocen a Richard Páez desde hace años. Desde cuando en 1972 debutó con el equipo Estudiantes de Mérida Fútbol Club y lo despidieron en 1988 cuando colgó su uniforme para probar otros terrenos.

Sabía que su estancia en ese grupo no era eterna. Por ello, habló de esa imagen que quería dejar en el recuerdo de los venezolanos. “Sólo quiero que me recuerden como el hombre que hizo el mayor de los esfuerzos para lograr que nuestro país dejara de ser el patito feo en el fútbol y dejara de estar en los últimos lugares”.

Obviamente eso se ha logrado. El merideño no sólo ya es una especie de héroe nacional al colocar al equipo venezolano a medirse y codearse con los colosos del fútbol, sino por ser catalogados como uno de los 20 mejores técnicos del mundo y como quinto en América Latina.



domingo, 27 de abril de 2008

MUSEO CON OLOR A CAFÉ


Una hermosa casona que por años sirvió como centro de procesamiento y almacenamiento de café, hoy en día es un museo donde todavía se sienten los recuerdos de una aromática tradición


Por: Nilsa Gulfo

Fotos: Armando Sánchez



En esa estratégica encrucijada en la que una bifurcación da las opciones de irse a Tovar o a El Vigía; en ese espacio por donde discurren las aguas de un río Mocotíes que marcha inexorable a unirse con el Chama, pues allí mismo se levanta una majestuoso edificación que en sus buenos tiempos se agitaba como un febril avispero del que salían cuerdas de mulas, atestadas de aromáticos sacos de café, rumbo al Lago de Maracaibo y después tal vez a alguna taza en tierras europeas.

Se trata de la Hacienda La Victoria, lugar donde por gestiones gubernamentales efectuadas a comienzos de los años noventa, durante el ejercicio como mandatario de Jesús Rondón Nucete, se formó el Museo del Café y, en una de las alas de la prodigiosa ex hacienda, el Museo de la Inmigración, espacio en el que se cuenta algunas historias de los que cruzaron océanos para venir a incrustarse entre las montañas más altas de Venezuela. La Hacienda La Victoria data del siglo XIX. Para 1893 fue adquirida por Don Simón Noe Consalvi, inmigrante corso-francés, quien comenzó a edificarla y a convertirla en una gran hacienda cafetalera que sirviera de centro de acopio para todo el café de la zona. Esto fue justo cuando se acentuó la inmigración italiana que se asentó en el Valle del Mocotiés.

En 1896 ya contaba la monumental hacienda con mil 200 metros cuadrados de patios de secado, revestidos con loza de barro cocido. Ese mismo año se construyeron las paredes que rodeaban el rectángulo de la hacienda.

Luego vendría una sucesión de dueños, un tanto inusual para un espacio de semejantes dimensiones. Así a comienzos del siglo XX el señor Francisco Faraco la vendió al señor Miguel Troconis y este a su vez, en 1912, al general José Rufo Dávila. En 1917 la compró el general Luis Lares Prato. En 1922 la adquirió Don Calógero Paparoni, de origen siciliano, quien fue el propietario de La Victoria hasta 1958, año en el que muere. La hacienda quedó, pues, en manos de los hijos de Don Calógero quienes son los que finalmente la venden al gobierno del estado Mérida en el año 1990.

DE UNA HACIENDA A UN MUSEO

Si bien buena parte de la Hacienda La Victoria se dedicó a exaltar las actividades cafetaleras que le fueron propias durante casi un siglo, esto mediante la creación del muy llamativo y didáctico Museo del Café, interesa resaltar otro espacio que se cobija entre el olor a baúl que destila de la añeja estructura colonial: el Museo de la Inmigración.

Inaugurado en el 1992, este Museo de la Inmigración tiene dos salas: una, ubicada en la parte superior, está destinada mostrar mediante fotografías las distintas etapas en la vida del inmigrante. Allí se puede ver el viaje, la llegada, la búsqueda del asiento, la integración, el trabajo, las costumbres. Hay documentos personales y múltiples objetos que trajeron consigo aquellos que un buen día decidieron retar al océano y traer sus sueños al continente Americano. Desde baúles, abrigos, sombreros, boletos de barco o avión, objetos religiosos, en el Museo de deja constancia de tales afectos personales que producen en los visitantes un intenso contacto humano y lleva a evaluar el esfuerzo que tanta gente puso para poder abrigarse en Mérida. Vale aclarar que estos objetos - auténticos todos - fueron donados por los inmigrantes de distintos países que llegaron a Mérida. Sus nombres aparecen en una placa fijada en una de las paredes de la sala. A la entrada de este museo se puede leer una frase que el Libertador Simón Bolívar emitió para referirse a ese proceso de inmigración que vivió el país: “Venezuela desea ver entrar por su puerto a todos los hombres útiles que vengan a buscar un asilo y a ayudarnos con su industria y conocimientos, sin inquirir cual sea la parte del mundo que le haya dado vida”


GENTE QUE VA Y VIENE


Desde el año 1992 el Museo de la Inmigración se convirtió en uno de los pocos en su tipo en Venezuela. Ubicado en la excepcional edificación de la Hacienda de La Victoria, una verdadera joya arquitectónica colonial, el Museo es no sólo una importante referencia educativa para acercarse al significado los procesos migratorios, sino para acercarse a la humanidad, detrás de las estadísticas, de cuántos llegaron y cuántos se quedaron.

La parte inferior del ala donde se encuentra tiene un carácter didáctico. En grandes paneles se muestra todo el proceso de inmigración hacia Venezuela que en realidad comenzó mucho antes de 1942.

Se muestran las corrientes migratorias de los siglos XVI XVII y XVIII, provenientes de España, y de los siglos XIX y primera mitad del XX, provenientes de otras partes de Europa. También se ilustran los movimientos más recientes que tuvieron distintos orígenes desde el año 1960, y que incluye flujos desde los países árabes, vale decir del cercano oriente.

También se muestran los sitios donde los que llegaron para quedarse se instalaron en Mérida y finalmente se dan detalles demográficos sobre la composición de las corrientes migratorias y sobre leyes que se dictaron en la materia. Toda esta información, casi textualmente expresada aquí, se puede obtener de manos de las guías de la Hacienda La Victoria o en los folletos que se han preparado para aclararles a los turistas o visitantes la dimensión de un museo poco común.

EL VIEJO OLOR

Esta hacienda, nombrada también patrimonio arquitectónico el estado Mérida, cobija en su extensa estructura otro museo. En este espacio se permite hacer memoria sobre la forma en que se procesaba el café. Enormes maquinarias atascadas en el tiempo dan cuenta de lo complejo que resultaba el procesamiento del producto.

La estrella de las maquinarias, una enorme secadora traída en 1928 por el puerto de la Ceiba, se exhibe en uno de los salones cual pieza de mueso. De ella se dice que podía secar hasta 30 cargas de café en 24 horas, mediante el calor que generaba la caldera. Acompañando a la secadora están otras tantas maquinas que en su momento, por ser las más avanzadas de la época, ayudaban a procesar la producción de café que se generaba en todo el Valle del Mocotíes.

Como ha de suponerse, todas estas pesadas maquinas llegaban a la hacienda tras un complicado proceso. Desarmadas eran trasladadas desde Inglaterra en grandes barcos hasta el Lago de Maracaibo, luego eran las piraguas las que realizaban el traslado hasta el puerto de La Ceiba y de allí, serían las bestias la que cumplirían con el trabajo final de traerlas a la hacienda.

Este interesante recorrido por el museo del café se complementa con una colección de fotografías que va describiendo paso a paso el proceso de maduración del café. “la floración del café es breve e intensa. Las ramas de las plantas se cubren en un manto níveo y un perfume de jazmín inunda el cafetal”, es el escrito de una de las primeras fotografías ubicadas en las paredes de un amplio pasillo, desde donde puede admirar, en primera fila, el patio central usado para el secado del café. Los informes de producción de esta hacienda indican que en su mejor momento, entre los años 20 y 30, llegó a producir más de seis mil quintales de café al año.

PERPETUA BODEGA

Hace siglos atrás esta estratégica intersección mostraba la actividad viajera desde Mérida hacia cualquier parte del país. Era sitio y posada obligada para los arrieros, sobre todo los que escogían el rumbo hacia Caracas y Maracaibo. De allí que en una esquina de la hacienda se le hizo espacio a una bodega que satisfacía las necesidades alimenticias de los viajeros. Siglos después la bodega sigue existiendo, pero esta vez para exhibir la producción, en pequeños paquetes, de café de los lados de Santa Cruz de Mora, Tovar y Bailadores. En el sitio también se pueden admirar antiguos objetos usados años atrás en la bodega y que se mezclan con las el aroma del café recién preparado y las modernas chucherías.

viernes, 18 de enero de 2008

Para Mirar las Estrellas




La diversión es nocturna en el Centro de Investigaciones Astronómicas de Mérida. Quienes deseen ver el cielo y todo su esplendor, sólo tienen que ir bien abrigados y con ganas de disfrutar


Nilsa Gulfo
Fotos: Armando Sánchez


Júpiter fue el encargado de coquetear esa noche. La época se prestaba para que el planeta más grande del Sistema Solar se mostrara en forma. Y, no para variar, este gigante se hizo acompañar por dos de sus satélites y por una infinidad de estrellas que le bordearon durante la noche. Eso fue parte de lo que se vio desde uno de los cuatro grandes telescopios que posee el Centro de Investigaciones Astronómicas “Francisco J. Duarte” (CIDA), ubicado en pleno páramo merideño.
Júpiter como parte de nuestra galaxia se convierte en un punto de esa gran franja blanca que durante las noches se ve atravesando el cielo de lado a lado y que los romanos, hace siglos, llamaron camino de leche. Es esa Vía Láctea la que le quita el sueño a los astrónomos y la que deslumbra a los visitantes.
Fundado en 1975, este observatorio tiene en su haber un abanico de posibilidades para quienes lo escogen como destino turístico. El afortunado visitante no sólo tiene la posibilidad de encontrarse con el maravilloso mundo de la astronomía, sino que es un espectador natural, cuando la nubosidad lo permite, de un hermoso cielo estrellado.

Ubicación privilegiada

El municipio Rangel es el asiento de este Observatorio Nacional, llamado también de Llano El Hato, precisamente por su vinculación con la población que lleva el mismo nombre. Su cercanía con la ciudad de Mérida y con otros atractivos, como la Laguna de Mucubají y Pico El Águila, lo convierten en sitio casi obligado para una la travesía turística por el páramo.
No obstante hay que tomar ciertas medidas cuando se toma la decisión de ir al contacto con las estrellas. El hecho de estar ubicado a una altura de 3 mil 600 metros sobre el nivel del mar hace del observatorio un lugar bastante frío. Allí la temperatura media, durante el día, es de 15 grados, pero en la noche puede bajar hasta los dos grados centígrados.
El acceso al sitio puede hacerse bien sea por la vía que conduce a la población de Apartaderos o por la vía de la Toma-Mitivibó-Llano El Hato.

Aventura vs conocimiento

Cuando el presidente del CIDA, Eloy Sira Galíndez, habla de las bondades de este centro de investigaciones asegura que ha visto como los visitantes caen rendidos ante el espectáculo.” La persona viene por un atractivo turístico y se convierte en una aventura del conocimiento. El visitante de repente es atrapado por lo que ve, especialmente cuando observa los planetas junto a ese cúmulo de estrellas”.
A estas alturas, después de más de 30 años de fundado, este centro de conocimiento ha abierto las puertas para los aficionados y curiosos visitantes, también lo ha hecho con escuelas, liceos, fundaciones y todas las instituciones, amén de las investigaciones que son la razón primordial de la existencia de este espacio científico.
Para la máxima autoridad del CIDA, de entrada, los que se acercan a esta imponente estructura, se topan de frente con un museo que da cuenta, a través de un recorrido, de lo pequeños que somos frente a ese infinito universo. Este museo, a través de una narración, explica las características de las galaxias, ubicación de los planetas y en general todo lo que refiere nuestro universo.
Después de este abreboca, sólo queda la observación. Una excursión a las cúpulas muestra a los visitantes los cuatro telescopios donde se realizan las investigaciones. Un especial alto se hace en el telescopio Refractor, donde se cumple el sueño de observar los planetas y otros cuerpos celestes.



Un poco de historia

En 1950 el doctor Eduardo Röhl tuvo un importante encargo como director del Observatorio Cagigal. El gobierno del General Marcos Pérez Jiménez tenía dentro de sus planes instalar un observatorio astronómico en alguna parte del país y lo comisionó para que, en Alemania, adquiriera los equipos para tal fin.
La firma del contrato en 1954 vino acompañada de varios hechos que paralizaron el proyecto. Los cambios políticos y la muerte del doctor Röhl fueron las causas fundamentales.
Fue en 1960 cuando el físico y matemático Francisco José Duarte revivió el ambicioso proyecto, pero no para Caracas como estaba establecido, sino para otro sitio del país. Pasaron dos años para que científicos nacionales y extranjeros encontraran el lugar idóneo para el observatorio, que mediría sus cualidades con los más importantes del mundo.
La mejor opción vino entonces desde Mérida. Fue la Universidad de Los Andes (ULA) la que ofreció realizar un estudio de resistencia al suelo y subsuelo en varias partes del estado. Se eligió una colina, que se encontraba de frente con el pueblo de Llano El Hato, para instalar el centro astronómico. El terreno fue adquirido por esta universidad.
El reto entonces era trasladar más de 200 toneladas de hierro, en forma de vigas curvas, además de otros materiales, hacia el sitio. Para ello se contrataron gandolas de otras partes del país, las cuales desafiaron las condiciones climáticas y la empinada vía para llevar la valiosa carga a su destino.


Observación para todos los gustos

El Centro de Investigaciones Astronómicas tiene cuatro telescopios, que según la información destacada en la página Web de este organismo, se miden con los más potentes del mundo. En su totalidad de fabricación alemana cada uno cumple una función distinta. Veamos:
Telescopio Schmidt: tiene la cuarta cámara más grande del mundo. Este instrumento es idóneo para proyectos que involucren la búsqueda de objetos específicos sobre extensas áreas en el cielo. En una noche este telescopio puede escudriñar el uno por ciento de la totalidad del cielo.
Telescopio Refractor : es uno de los más grandes del mundo, con un peso de más de 10 toneladas, es empleado para precisar las posiciones de los astros sobre la bóveda celeste.
Telescopio Reflector: En su rastreo del cielo, este telescopio utiliza espejos de precisión y de lentes correctivos. El trabajo de ambos consiste en fijar la luz de los astros y ampliar su imagen. Con este instrumento se obtienen en segundos imágenes que, con técnicas fotográficas tradicionales, tardarían horas de exposición.
Telescopio Astrógrafo Doble: a casi medio siglo de su fabricación, fue en este año cuando se puso en funcionamiento. Como su nombre lo indica este aparato consta de dos telescopios montados en paralelo. Su función primordial es fotografiar grandes porciones de cielo y, sobre todo, captar ubicaciones de cuerpos celestes.
Con estos cuatro telescopios el CIDA ha ganado terreno como uno de los centros más importantes de investigaciones astronómicas del mundo. No por casualidad en estos momentos están en la mira de grandes investigadores por haber observado el grupo de estrellas más jóvenes de la galaxia, según lo confirmó el propio presidente del centro, Eloy Sira.

Museo con vista al espacio

Es la primera parada. Uno de los once guías que están en el CIDA se encarga de animar a los asistentes a ver, en cada uno de los pequeños cubículos, una escena que remita a lo que podemos encontrar en el infinito espacio. Una narración grabada va contando cada una de estas escenas y enseña a los observadores sobre la composición de las galaxias y de cuanto tardaríamos, en años luz, si llegáramos a cada una de ellas, cuestión que en estos momentos resultaría imposible.
Leonardo Sorondo es uno de esos funcionarios y ha sido testigo de lo impresionados que quedan los visitantes cuando entran al museo. Asegura que este espacio igualmente está hecho para que el público en general tenga conocimiento de lo que se está haciendo en el centro. En general asegura que el variado perfil de quien llega, pues están los que no saben que el sol es una estrella, hasta los fanáticos del mundo espacial.
Como información complementaria explicó que el CIDA está abierto todos los días a partir de las dos de la tarde y las visitas se extienden hasta la medianoche.